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Corran la bola
Tincho Virgini
Lunes de 18:00 a 20:00 hs
Más de 3.000 personas colmaron el estadio platense, con entradas agotadas, para vivir una noche atravesada por la memoria, las canciones y un homenaje sentido al universo de Los Redondos y al Indio Solari. El espectáculo fue producido por Limón Producciones y Zeppelin.
Atenas volvió a convertirse en territorio ricotero. Con entradas agotadas y más de 3.000 personas adentro, La Kermesse protagonizó una noche de dos horas en la que la historia de Los Redondos volvió a tomar forma sobre un escenario cargado de símbolos, canciones y recuerdos.
No fue solamente un recital. Desde antes de que comenzara el show podía sentirse esa ceremonia colectiva que acompaña a las grandes canciones: remeras, banderas, abrazos, grupos de amigos y generaciones distintas compartiendo una misma pasión. Cuando la música comenzó, la pista se transformó rápidamente en un enorme pogo.

La propuesta tenía además un peso histórico particular. Sobre el escenario se encontraron Sergio Dawi, saxofonista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota; Semilla Bucciarelli, bajista de la banda; Hernán Aramberri, primer baterista del Indio Solari; y Tito Fargo, guitarrista de la primera formación de Los Redondos.
Y hubo una particularidad visual que acompañó toda la noche: el escenario estuvo vestido con los dibujos, colores y pintadas de Semilla Bucciarelli, llevando al espacio parte de ese universo artístico que también fue fundamental en la identidad de Los Redondos.
La Kermesse recorrió un repertorio de más de veinte canciones. Sonaron “Queso Ruso”, “Todo un Palo”, “Juguetes Perdidos”, “Salando las Heridas”, “Preso en mi Ciudad”, “La Bestia Pop”, “Vamos las Bandas”, “Todo Preso es Político”, “Luzbelito y las Sirenas” y “¡Á... Alien Duce!”, entre otras.
Cada canción provocaba una reacción distinta, pero todas tenían un denominador común: la gente las cantó con una intensidad enorme. Atenas fue durante buena parte de la noche una sola voz. El pogo creció canción tras canción y muchos de los presentes dejaron literalmente todo en la pista.
No había distancia entre escenario y público: las letras eran conocidas de memoria y funcionaban como un idioma compartido. También hubo espacio para un mensaje especialmente sentido alrededor de una frase que volvió a aparecer en la noche: “La patria no se vende”. En medio de una celebración musical atravesada por la historia y la identidad, la consigna sumó otra dimensión al encuentro.

La presencia de músicos que fueron parte de diferentes momentos de la historia ricotera le dio a la noche un carácter especial. No se trató de reconstruir el pasado de manera literal, sino de volver a poner esas canciones en circulación frente a un público que las mantiene vivas.
Porque la historia de Los Redondos también está en quienes siguen cantando sus temas décadas después, en quienes llevaron esas canciones a sus hijos, en las banderas, en las remeras y en cada pogo que vuelve a formarse cuando suenan los primeros acordes. Y La Kermesse entendió ese código.

Después de dos horas de música, cuando la noche parecía llegar a su final, llegaron dos momentos reservados para el cierre: “Ya nadie va a escuchar tu remera” y “Ji Ji Ji”. Entonces Atenas volvió a explotar.
Miles de voces, saltos, abrazos y un pogo que pareció no tener límite. “Ji Ji Ji” volvió a funcionar como esa ceremonia colectiva que convierte una canción en mucho más que una canción.
La Kermesse se fue dejando un estadio agotado, emocionado y con la sensación de haber compartido algo que trasciende un recital.