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Tincho Virgini
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Más de 15 mil personas colmaron la Plaza Próspero Molina el sábado 17 de octubre para vivir un banquete inolvidable. Desde las 21 hasta la medianoche, La Renga desplegó 31 canciones, recuperó clásicos de distintas etapas de su historia y convirtió el corazón de la capital nacional del folclore en una celebración multitudinaria del rock argentino.
Cosquín volvió a rugir. Esta vez, el sonido de las guitarras le ganó la pulseada al folclore y la Plaza Próspero Molina se transformó en territorio renguero. El sábado 17 de octubre, La Renga regresó a uno de los escenarios más emblemáticos de Córdoba y desató una verdadera fiesta popular frente a una multitud que llegó desde distintos puntos del país para compartir tres horas de música, pogo y emoción.
Más de 15 mil personas se reunieron para ser parte de una noche que tuvo clima de acontecimiento. Banderas en alto, miles de voces preparadas para cantar cada estrofa y esa comunión particular que se genera cuando suenan los primeros acordes de una banda que lleva décadas construyendo una identidad propia. Cosquín dejó por un rato su tradicional postal folklórica para vestirse de rock, en una jornada que volvió a poner a la Plaza Próspero Molina en el centro de la escena musical.

A las 21, La Renga salió a escena y comenzó a escribir una nueva página en su historia con el público cordobés. El concierto se extendió hasta las 24, con un repertorio de 31 canciones que recorrió distintas épocas de la banda de Mataderos, combinando composiciones menos habituales con himnos que forman parte de la memoria colectiva del rock nacional.
“Tripa y corazón” abrió el recorrido y marcó el pulso de una noche que no dio respiro. Le siguieron “Buena Pipa”, “Buena Ruta Hermano” y “Motoralmaisangre”, una seguidilla que puso en movimiento a la multitud y dejó claro que el encuentro iba a ser mucho más que una sucesión de canciones: sería una celebración de ese vínculo que La Renga mantiene con su gente desde hace tantos años.
Con “La Banquina de algún lado”, “Cuándo vendrán” y “Hay un tirano que es para vos”, el grupo continuó desplegando su repertorio antes de encender todavía más la plaza con “A la carga mi rocanrol” y “El monstruo que crece”. La potencia de las guitarras, la base contundente y la voz de Gustavo “Chizzo” Nápoli guiaron una presentación en la que el público acompañó cada momento con una entrega absoluta.

La lista avanzó con “Vende patria clon”, “El rastro de la conciencia” y “El rey de la triste felicidad”, antes de recorrer otros pasajes fundamentales de su obra con “Ese lugar de ninguna parte”, “El rito de los corazones sangrando” y “Cristal de zirconio”.
Lejos de apostar únicamente a los éxitos más conocidos, La Renga construyó un repertorio amplio, capaz de recuperar canciones que sus seguidores reconocen desde los primeros acordes y, al mismo tiempo, mantener viva la sorpresa. Esa combinación entre historia, identidad y presente fue uno de los grandes aciertos de la noche.
Uno de los momentos más emotivos llegó con “Cuando estés acá”, una de esas canciones que encuentran en el vivo una dimensión especial. Miles de voces se sumaron a la interpretación y la plaza se convirtió en un coro gigante, de esos que hacen que por unos minutos el escenario y el público parezcan una misma cosa.
Después llegó “La verdadera historia de Sam el Montañés”, en homenaje al universo musical de Vox Dei y a Ricardo Soulé, antes de continuar con “Lo frágil de la locura”, “Bien alto” y “En el baldío”.

La Renga volvió a demostrar que su repertorio no depende de una sola época ni de un puñado de hits. Hay canciones que funcionan como postales de juventud, otras que acompañaron momentos difíciles y algunas que se resignifican con el paso del tiempo. Todas conviven en un cancionero que mantiene intacta su capacidad de reunir a distintas generaciones bajo una misma bandera.
“Somos los mismos de siempre” y “Veneno” sostuvieron la intensidad, mientras “El juicio del ganso” aportó otro capítulo a un recorrido que no dejó de alternar potencia, melodía y esa actitud callejera que define el ADN del grupo.
La recta final llegó con “Me hice canción”, el homenaje a Piero, y “El revelde”, dos momentos que mantuvieron a la multitud en movimiento. Entonces sonó “Panic Show”, uno de los clásicos más reconocibles de La Renga, y la plaza volvió a explotar. El tema, que en los últimos años quedó atravesado por discusiones sobre su utilización política, volvió a instalarse en el centro de una escena cargada de energía y significado.
Pero todavía quedaba más. Después de una pausa, la banda regresó para el tramo final con “Oscuro diamante”, “La razón que te demora” y “El final es en donde partí”. El cierre definitivo llegó con “Hablando de la libertad”, una elección que condensó el espíritu de la noche: miles de personas cantando juntas, con la emoción a flor de piel y la sensación de haber sido parte de algo extraordinario.

A lo largo de tres horas, las 31 canciones construyeron un viaje por la historia de La Renga, con clásicos, homenajes y composiciones que mantienen viva la conexión con sus seguidores. La banda no necesitó artificios para sostener la intensidad: bastaron las canciones, el sonido de sus instrumentos y una multitud dispuesta a entregarse por completo.
La presentación tuvo un impacto que fue más allá del escenario. La llegada de seguidores desde distintos puntos del país transformó la ciudad en un punto de encuentro para miles de fanáticos, con colectivos, banderas y camisetas que poblaron sus calles. La convocatoria confirmó la capacidad de La Renga para movilizar a su público y convertir cada recital en una experiencia colectiva.
Detrás de la magnitud del show también hay decisiones prácticas y una forma de trabajo colectiva. En diálogo con este medio, Gaby, conocido como “el Gordo”, manager de La Renga, explicó por qué eligieron presentarse en la Plaza Próspero Molina. La infraestructura del lugar fue un factor determinante: “Es cómodo, ya está todo enchufado, no hay que tirar cables por abajo”, comentó, al referirse a las condiciones técnicas que ofrece el anfiteatro.
A diferencia de los predios de grandes dimensiones, donde la banda debe montar gran parte de la infraestructura necesaria para el espectáculo, en Cosquín encuentran un espacio preparado para recibirlos. “En predios grandes tenemos que armar todo nosotros. Acá ya está todo preparado”, señaló Gaby.

Sin embargo, la comodidad técnica no es el único atractivo. La posibilidad de tocar en anfiteatros históricos también forma parte del valor de estas presentaciones, en escenarios que tienen una fuerte tradición cultural y que adquieren una nueva dimensión cuando reciben a miles de seguidores del rock.
El manager también se refirió a la elección de las canciones que integran cada presentación. Lejos de responder a una decisión individual, el repertorio se construye de manera colectiva: los temas se van proponiendo entre los integrantes y, a partir de ese intercambio, se define el recorrido musical del show. Una dinámica que permite combinar clásicos fundamentales de la banda con otras canciones de su extensa trayectoria y mantener vivo el espíritu de cada presentación. (www.REALPOLITIK.fm)